Artículo publicado en la revista Debats, número 125, Valencia, España.

El multiculturalismo y la violencia de honor en la Suecia actual.

Según cifras publicadas por la Oficina Nacional de Asuntos Juveniles en 2009, existen en Suecia 70.000 jóvenes que temen no podrán elegir su pareja. Sus familias lo harán. Esa cifra representa el 5% de los jóvenes suecos de entre 16 y 25 años.
El matrimonio forzado es un fenómeno que las mismas estadísticas conectan de manera taxativa a concepciones ideológicas prevalecientes en grupos de inmigrantes, particularmente los provenientes de países de Oriente Medio.
Siendo el matrimonio forzado un fenómeno ligado a la violencia de honor, cabe aclarar que existen variantes más sutiles de ésta violencia, como el control obsesivo o la prohibición de participar en ciertas lecciones en la escuela, y variantes más brutales, como el maltrato físico, la privación de la libertad o el asesinato.
El aspecto cuantitativo que la investigación publicada en 2009 exhibe nos da solamente una pauta del peso social de la violencia de honor en Suecia. Carin Götblad, quien fuera jefa de la policía del condado de Estocolmo por varios años, asumió su nuevo cargo como responsable nacional para la coordinación de la lucha contra la violencia en “relaciones cercanas”, para usar la expresión sueca, declarando que “la violencia de honor es una de las amenazas más serias a la salud pública sueca”.
Aun quienes trabajamos desde hace mas de una década con la violencia de honor en el contexto sueco carecemos de datos fiables sobre el número de muertes por año causadas por este tipo de delincuencia. El código penal sueco contempla agravantes específicos para ciertos delitos, por ejemplo si el motivo de un asesinato ha sido el racismo o la homofobia. Nada permite marcar en la estadística a los crímenes cometidos motivados por la ideología del honor. Hay infinidad de casos en que jóvenes, especialmente mujeres, mueren en circunstancias sospechosas: suicidios inesperados, enfermedades desconocidas, uso incorrecto de medicamentos, y por supuesto, las famosas caídas de los balcones. En este último caso la policía sueca ha investigado unos quince casos de “caídas de los balcones”, sospechando que se trata de homicidios disfrazados de suicidio o de accidente, sin jamás haber llegado a concretar una acusación formal ante una corte de justicia.
En la práctica, poco sabemos sobre cuántas muertes ocurren en Suecia por año producidas por la violencia de honor.

La violencia de honor es una forma específica de violencia. No es violencia de género, aunque la mayor parte de las víctimas sean muchachas. Si bien es posible discernir una lógica patriarcal en las raíces de éste fenómeno, sus mecanismos y su estructura marcan claramente la existencia de una ideología coherente y comprensible, que muchas veces presenta a mujeres en el papel de victimarias y a hombres en el de víctimas.
La idea central que sostiene toda la ideología del honor consiste en que la sexualidad de (especialmente) las mujeres es una amenaza, no ya para un marido celoso o un padre sobreprotector, sino para un gran número de personas, una familia extendida que suele definirse como un clan. El clan puede estar formado por miles de individuos. Un hecho indeseado o prohibido, supuestamente cometido o cometido por una de las mujeres que “pertenecen” al clan, puede desencadenar una cadena de sucesos que puede terminar con la vida de la mujer. No es necesario que el asunto haya ocurrido en la realidad: el rumor, el chisme, alcanza para que todo el clan vea su posición amenazada. Así, cosas prohibidas pueden ocurrir a veces sin ser castigadas. Pero si el rumor empieza a correr, ya no hay manera de retroceder. El honor, el sharaf del clan está en juego. Un colectivo de éste tipo, sin honor, no puede sobrevivir en una sociedad pre-moderna. Como un asesino (de honor) me dijera una vez: “Si mi hermana tiene fama de prostituta, entonces eso significa que nosotros, sus familiares, somos sus proxenetas”.

El honor se defiende, en éste ambiente ideológico, controlando los movimientos de los jóvenes, limitando su libertad de elección en lo que hace a estudios, actividades extra-escolares, amistades, pasatiempos, contactos a través de redes sociales o mensajes de texto, para dar algunos ejemplos. Muchas veces existe la obligación de utilizar símbolos político-religiosos, como el hijab. La imagen de la niña saliendo de su casa con hijab para sacárselo unos minutos después detrás de la parada del bus, mientras se pinta los labios en camino a la escuela, es una imagen paradigmática de la vida en los suburbios suecos de hoy.
La vida del individuo bajo la ideología del honor implica una existencia sometida a la vigilancia diaria, a la tiranía de los menores gestos.
No solo las muchachas son afectadas por la ideología del honor: en una provincia de Pakistán en 1998 el 45% de los asesinatos por honor se cometieron en contra de varones. En la variante ideológica que encontramos en Suecia la proporción no es tan grande, pero hay una gran cantidad de muchachos afectados por el flagelo. Las razones son variadas: haberse negado a controlar y vigilar a niñas pertenecientes a la familia, orientación sexual indeseada y quizás el deseo de elegir su pareja sin la intromisión de la familia. En el contexto sueco suele mencionarse el asesinato de Abbas Rezai en 2006 como ejemplo de éste aspecto de la violencia de honor. Pero los casos son varios y frecuentes, aunque no lleguen al asesinato todas las veces. En el caso del asesinato del joven Rezai se dictaron varias sentencias, una de ellas condenando a una mujer a la pena de 10 años de cárcel y expulsión de por vida.
Esquemáticamente se pueden explicar las diferencias entre la violencia de honor y la violencia de género de la siguiente manera:

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La violencia de honor ha existido desde tiempos inmemoriales. El relato bíblico de Dina es una muestra de ello. Pero no ha existido en todo el mundo: todo indica que las estructuras ideológicas que la caracterizan pueden observarse con nitidez en zonas definidas del mundo. El norte de África, el Oriente Medio, India, Pakistán, Bangladesh, y algunos bolsillos balcánicos. Naturalmente, también en todas las sociedades a las cuales inmigrantes de esas zonas han arribado. En el libro Heder och Samvete, 2013, Fri Tanke förlag, (escrito con Lars Åberg) ensayo una explicación plausible sobre las condiciones para la existencia de una cultura del honor.

La primera condición es la ausencia de la Ilustración. El proyecto iluminista tuvo orígenes diversos, provenientes de varias fuentes de pensamiento, y explotó formidablemente con el volcán de la Revolución Francesa. Las llamas iluministas alcanzaron a gran parte del mundo. A casi toda Europa, a las Américas, a Escandinavia.

Es a veces una revelación para los que escuchan mis disertaciones el descubrir al gorro frigio en el medio del Escudo Argentino. Y no solamente en el argentino. El símbolo francés aparece en varios escudos de naciones latinoamericanas. El Himno Nacional Argentino tiene casi el mismo texto que La Marsellesa. Las ideas liberadoras calaron tan profundo en la mentalidad de países como Argentina, que aún las dictaduras debieron reivindicarlas. No venían para gobernar, sino para “reorganizar” al país para que la democracia pudiera volver. Recuerdo lo absurdo de estudiar la composición del (disuelto) parlamento argentino, la proporcionalidad, las bancadas, el habeas corpus, el Estado de Derecho, durante la dictadura de Onganía, a mediados de los años sesenta. Ni los dictadores podían ignorar el espíritu democrático que formó al país.

Gustavo III, el rey iluminista, introdujo las ideas francesas a Suecia, lo cual eventualmente le costó la vida. La sociedad sueca es un típico ejemplo del intento de plasmar en un cuerpo político las ideas democráticas.
Para un sueco, viajar a Buenos Aires es una experiencia gastronómica, climática y musical. Pero no necesariamente ideológica. Las pautas liminares que determinaron la orientación del proyecto sueco tienen mucho en común con las pautas argentinas. Tanto en Suecia como en Argentina existe la asignación universal por hijo, medicina paga, matrimonio homosexual, prohibición a la pena de muerte, separación de los poderes, para solo nombrar algunas características. En realidad, es más exótico para un sueco viajar quinientos kilómetros a San Petersburgo que viajar catorce mil kilómetros a Buenos Aires. La Revolución Francesa influyó en Argentina, pero no en la misma medida en Rusia.

Una sociedad basada en los ideales iluministas, con su carga individualista que enfatiza la autonomía y la libertad del individuo en relación al colectivo, no es una sociedad que proporciona el óptimo caldo de cultivo para el desarrollo de una cultura del honor. No necesito aquí explayarme en el hecho irrefutable de que las ideas que comento no echaron raíz en el Oriente Medio, en grandes partes de África y en grandes partes de Asia. (En algunas ocasiones, en medio de una de mis conferencias, alguien me pide un ejemplo de esa falta de contacto con el iluminismo. Yo contesto que alcanza con escribir “saudi executioner” en YouTube, para llegar a un programa de televisión que se ve en todo el mundo árabe. El programa, que tiene el mismo formato que muchos programas en la televisión occidental, entrevista a personas interesantes. En este caso se trata del verdugo de Riad. Así, el buen verdugo cuenta, en un programa dirigido al público en general, de sus diferentes espadas, de su primera decapitación, de la diferencia entre decapitar a hombres y mujeres, de cuanta sangre sale, y de sus aspiraciones de que su hijo mayor siga su mismo camino profesional. Este video hace entender a quien lo mire el significado de la ilustración y de los ideales de la Revolución, en un curso acelerado de siete minutos.)

La segunda condición para sostener a una ideología de honor es la ausencia de un Estado benefactor.
Si vivimos en una sociedad en la que el Estado no proporciona el menor nivel de seguridad o apoyo, debemos encontrar maneras alternativas para sobrevivir las vicisitudes de la existencia. Estaremos enfermos, desempleados, viejos, habremos sido robados, golpeados, vendrá una catástrofe, necesitaremos educarnos, o ayuda legal. Si el Estado no proveerá deberemos encontrar otra manera de satisfacer nuestras necesidades.
En grandes áreas del mundo, lamentablemente, el Estado es una entidad hostil, y en el mejor de los casos, inexistente. La creación de colectivos, clanes, tribus, tiene una explicación lógica y racional. La necesidad de sobrevivir nos obliga a crear estructuras capaces de defendernos ante la arbitrariedad y la corrupción.
La pertenencia a un clan no conlleva solamente consecuencias positivas para el individuo. Sí, tendremos protección y ayuda ante ciertas amenazas externas. Pero el clan nos cobrará por esos servicios. El pago lo haremos con autonomía, con nuestras elecciones privadas, individuales, con una parte de nuestra libertad.
El clan decidirá por nosotros en ciertos aspectos esenciales de la existencia, habitualmente, sobre los límites de la autonomía sexual, la elección de la pareja, sobre el oficio que ejerceremos, si nos vamos a poder educar o si nuestro futuro se limitará a cocinar y limpiar.

La coexistencia de estas dos carencias, la carencia iluminista y la carencia de bienestar social, permite en nuestro tiempo la justificación y la reproducción de la ideología del honor. Las zonas del mundo afectadas son el Oriente Medio, el Magreb, India, Pakistán, Bangladesh y algunas zonas balcánicas. El Islam es la religión dominante en estas áreas, pero no la única. En Suecia tenemos decenas de miles de inmigrantes de origen siriano, que son cristianos ortodoxos, y la violencia de honor también existe entre ellos.
La teoría de “las dos carencias” no es una teoría en el sentido científico de la palabra. Es una observación empírica que podrá corroborarse o no, cuando se la estudie debidamente. Cuándo ello ocurrirá, bueno eso es más difícil de predecir, ya que las tendencias predominantes en las universidades europeas tienen más que ver con la pregunta “de que manera el Occidente es culpable de todos los problemas del Tercer Mundo” que con la pregunta “qué es lo que está pasando en la realidad”.

No es el objeto de este artículo discutir los volúmenes de la inmigración sueca. Grande o chica, es mayor en una comparación objetiva a la de cualquier otro país europeo, en relación a la población del país. Solo en el año 2012 se otorgaron 111.000 permisos permanentes de residencia en Suecia. Cabe agregar que los países de origen son frecuentemente Somalia, Iraq, Afganistán y Siria. La ciudadanía se puede conseguir después de tres años de obtenerse el permiso de residencia.
El único partido abiertamente crítico a la inmigración es el partido de los Sueco-demócratas. Recibieron 5,7% en las elecciones de 2010 y hay ciertas indicaciones de que éste partido podría crecer sustancialmente en las elecciones de 2014. Una de las tesis de los partidarios de los Sueco-demócratas, es que la política de inmigración le fue impuesta al pueblo sueco de alguna manera subrepticia y traicionera. Los siete partidos restantes, por diferentes motivos, se pusieron de acuerdo en fomentar una masiva inmigración, especialmente de musulmanes, a espaldas de la voluntad del pueblo sueco.
Hay investigaciones hechas en el área de ciencias políticas en Suecia que muestran algo muy interesante: la mayor parte de los políticos suecos, no importa si ya sean de derecha o de izquierda, cumple con sus promesas electorales. La administración socialdemócrata de la ciudad de Estocolmo, derrotada en 2006 por la derecha, había materializado el 85% de sus promesas electorales. El gobierno de la Alianza (de derecha, en el gobierno desde 2006) nunca mintió sobre sus intenciones acerca de las privatizaciones, la destrucción parcial del seguro de desempleo o el empeoramiento radical de los servicios de salud. Por supuesto, no habló de “empeoramiento” o “destrucción” en su propaganda electoral. Pero no ocultó sus planes de realizar cambios en los mencionados sistemas, cambios que nadie podía considerar una “mejora”.. De hecho, nadie suele acusar a los diferentes gobiernos suecos de prometer una cosa y hacer otra.
En el caso de la inmigración, ningún partido de los siete existentes en el parlamento sueco hasta 2010 había prometido una disminución en los niveles de inmigración. La teoría conspirativa que sugiere un ocultamiento de la realidad para transportar a Suecia a cientos de miles de musulmanes carece totalmente de asidero. Si el pueblo sueco hubiera realmente querido cerrar la inmigración en 2010, había una alternativa a votar, los Sueco-demócratas. En un año exactamente veremos el desarrollo de la opinión sueca con respecto a éste punto. Pero una cosa es cierta: así como los suecos no votaron para mantener en vigencia las (tibias) políticas socialdemócratas que caracterizaron los años anteriores al 2006, tampoco votaron para de una manera contundente disminuir la cantidad de inmigrantes que llegan al país y reciben permiso permanente de residencia.
La inmigración sueca, exagerada o no, problemática o no, es un producto de la democracia sueca, no de las conspiraciones tramadas en los pasillos del poder.

Si bien la inmigración no es el tema de éste artículo, si lo es la integración de los inmigrantes. Una sociedad que recibe un caudal humano nuevo se tiene que preguntar cómo manejar la adaptación de ese caudal a la sociedad existente. ¿Qué cambios y ajustes serán necesarios? ¿Cuáles serán inconvenientes? ¿Qué grado de identificación con las ideas centrales que constituyen el alma ideológica del país deben ser compartidas, o no, por los recién llegados? ¿Qué cosas nos pueden exigir, y qué podemos exigirles?
La sociedad sueca, que con toda certeza puede considerarse una sociedad multicultural, quiere seguir siéndolo. Hay encuestas de opinión entre los suecos que muestran una abrumadora mayoría apreciando una sociedad donde diferentes corrientes culturales se mezclan.
No existe la misma mayoría apoyando la construcción de una sociedad multiculturalista.

Es que existe una gran diferencia entre la sociedad multicultural, y el proyecto multiculturalista. La sociedad multicultural es una sociedad en la que confluyen personas con origen en otras partes del mundo, con otros impulsos culturales. El multiculturalismo es un proyecto político que está indudablemente bajo escrutinio crítico en muchos lugares del mundo, pero que todavía es dominante entre las ideas dominantes de la Suecia de hoy.
El multiculturalismo ve a la sociedad no ya como un conjunto de individuos, compartiendo un destino, unos sueños, unas desdichas y unos logros juntos. El multiculturalismo ve a la sociedad como un conjunto de grupos, grupos que viven en sus comunidades más o menos enclavizadas, compartiendo algo de lo general, pero separados en sus islas culturales, religiosas y étnicas. El multiculturalismo nos fija en identidades preconcebidas, dándonos roles conocidos, basados en la noción de que quien “pertenece” (observar el verbo) a un cierto grupo, está condenado a llevar o sobrellevar las actitudes o los valores que se asocian con ese grupo. Un viejo ideal conservador se ha puesto de moda: “Debes convertirte en lo que ya eres”.
El multiculturalismo no alienta la diversidad, sino el separatismo. No quiere la igualdad, sino que pretende crear una sociedad donde la repartija de derechos y obligaciones se realizará de acuerdo a la pertenencia a tal o cual grupo.
En una sociedad universalista, abierta, pluralista, todos seremos medidos con la misma vara. Podremos tener diferentes creencias, comer o evitar diferentes alimentos, adorar o deplorar diferentes ideologías/religiones, pero ante la sociedad seremos individuos, con los mismos derechos y obligaciones.
En la sociedad multiculturalista, el judío que espera ser curado por una herida menor en una sala de emergencia puede ir hasta el médico directamente, pasando a treinta pacientes que esperan antes que él, y puede solicitarle al médico que lo atienda primero, ya que es viernes y si debe esperar su turno no podrá llegar a su casa antes del comienzo del shabbat. El médico lo atiende.
En la sociedad multiculturalista, todos deben usar casco para viajar en motocicleta. Pero no un sikh. Si uno pertenece al siquismo debe usar turbante, y turbante con casco implica una presión suplementaria e inaceptable sobre el cerebro. Por lo tanto, los seguidores del siquismo serán exceptuados de la obligación de usar casco.
El multiculturalismo ve a la sociedad no ya como un conjunto de individuos, sino como un conjunto de conjuntos.
Es posible aducir que originalmente la idea multiculturalista no nació de las malas intenciones. Pero en una sociedad post-industrialista, europea y moderna como la sociedad contemporánea sueca produce resultados aberrantes y de hecho, trágicos.

Annika Wadsö es una funcionaria de nivel medio en la municipalidad de Trollhättan, en las cercanías de Gotemburgo. Wadsö trabaja en la parte de la administración municipal que se encarga de mejorar la integración de inmigrantes en la comuna. (Todas las municipalidades suecas tienen secciones destinadas al trabajo de integración, existe un ministro de integración, integración es uno de los ejes alrededor de los cuales la vida social y política sueca se discute y formula). Wadsö espera a un hombre que llegará a la oficina. El hombre no tiene empleo, y va a estar en la oficina de integración durante un tiempo para practicar, en una especie de pasantía. Cuando el hombre llega a la oficina Wadsö lo recibe amablemente, y le da la bienvenida tendiéndole su mano. El hombre se niega inmediatamente a darle la mano a Wadsö, aduciendo que si le estrechara la mano tendría que –por motivos religiosos- lavarse inmediatamente después.
Wadsö le indicó al hombre que había una cantidad de lugares en las cercanías en los cuales el podría lavarse las manos.
El hombre denunció a Wadsö por discriminación, y la municipalidad de Trollhättan tomó inmediatamente dos medidas: por empezar, sin proceso alguno, se le concedió al hombre una indemnización de 3200 euros. Además de eso, la municipalidad le dio una advertencia escrita a Wadsö, por haber transgredido las normas de “tolerancia” que regulan la actividad de la municipalidad de Trollhättan.
El caso llegó a la televisión, a los diarios, y produjo una discusión intensiva durante unas semanas.
Muchos nos preguntamos entonces: ¿qué hubiera ocurrido si Wadsö, en lugar de ser una mujer, hubiera sido una persona homosexual? ¿O un judío? ¿O un negro? Es que la discriminación de la mujer en el islamismo actual es vista como un fenómeno tolerable, mientras que la actitud igualitaria de Wadsö debe en éste contexto traducirse como un acto de agresión y de xenofobia?
Hay muchos Annika Wadsös en Suecia.
Han habido quienes postularon la idea absurda de que el asunto solo tiene que ver son “diferentes modos de saludar”. Bueno, esta idea no parece resolver el problema, ya que no resuelve el conflicto central. Por supuesto, es posible aceptar diferentes maneras de saludo. Es posible aceptar que un hombre considere a las mujeres como seres impuros -ya que nunca se sabe cuando andan menstruando, las muy pícaras- y que en razón de ello se niegue a darles la mano. Pero no es posible al mismo tiempo, en una sociedad igualitaria, siquiera insinuar que su misoginia debe ser premiada. Y mucho menos que la actitud humana y civilizada de Wadsö sea considerada una contravención. Es decir, no estamos obligados a saludar de cierta manera a nadie, pero tampoco estamos exceptuados de las consecuencias que nuestros actos generen.

El multiculturalismo en Suecia ha sido elevado al status de superestructura ideológica, y el acatamiento a los postulados del multiculturalismo normativo, es visto como una condición sine qua non para participar en la vida político-intelectual de la Suecia moderna. Quien se anime a desafiar los postulados multiculturalistas será inmediatamente asediado por una horda de enanos intelectuales, que imbuidos en la creencia de luchar por la “tolerancia” y en contra del “racismo”, defenderán fascistas, homófobos y oscurantistas sin fijarse en el precio.

Hubo un tiempo en que la gente de izquierda pensaba en términos de solidaridad. De compromiso. Hoy, la solidaridad ha sido reemplazada por la tolerancia. Tolero, ergo, soy una buena persona, de izquierdas. Pero qué es lo que tolero? Hace treinta años la izquierda luchaba por un mundo igualitario, donde todas las personas fueran tratadas dignamente, así fueran negras, blancas, musulmanas o cuadriculadas. Hoy vivimos en la paradoja final, donde se considera que cuanto más diferente se trata a las personas, más justicia hacemos. La igualdad ante la ley es injusta, el multiculturalismo nos impulsa a aceptar la desigualdad como una manera moderna de justicia.
Hace poco tiempo un estudiante de Derecho consiguió aprobar su tesis doctoral predicando la necesidad de un cambio en los códigos legales suecos que regulan la herencia, ya que de acuerdo a él, en la minoría musulmana hay muchos que se sienten perjudicados por las reglas que reparten la herencia de manera ecuánime. Quienes sostienen que es el deber del hombre y no de la mujer mantener económicamente a la familia, quisieran una posibilidad legal que les permita a los hombres heredar más que las mujeres, que necesitarán menos dinero ya que serán mantenidas por sus esposos.

En general la izquierda sueca muestra una actitud esquizofrénica ante la violencia de honor. Por un lado, es imposible negar los costos sociales y el caos político que ésta genera. La gente habla, discute, tiene experiencias propias, observa lo que ocurre en la sociedad. Ocultar el problema es difícil, pero se hace un intento de ignorarlo, tergiversarlo, minimizarlo, relativizarlo y negarlo. La parlamentaria europea Eva-Britt Svensson, representante del partido de Izquierda sueco (ex-comunista), escribió en Newsmill, una página de debates sueca, el 24 de noviembre de 2010, que el solo uso de la palabra “asesinato por honor” era “racista”. (El artículo parece haber sido borrado, pero conservo una copia).
Por otro lado, existen todavía impulsos humanistas y universalistas en el partido, lo cual genera una división interna que crónicamente paraliza la producción ideológica y la creación de una política comprensible y coherente con el respeto a los derechos humanos como fenómeno de validez universal. Esta parálisis, sabe la izquierda, genera un crecimiento incesante en los partidos reaccionarios. Pero aun así, no consigue liberarse de las cadenas relativistas que la mantiene atada a grupos oscurantistas y retrógrados.

La aceptación del multiculturalismo es, en la práctica, la aceptación de una sociedad racista. Una sociedad donde algunos serán tratados como individuos, podrán tomar decisiones sobre sus vidas, sobre su sexualidad, sobre sus estudios, sobre sus viajes, ropas y pasatiempos. Otros serán vistos como representantes de un colectivo, serán “musulmanes”, “inmigrantes del Medio Oriente”, “africanos”, y en función de tales se les atribuirá un catálogo de derechos diferente y menor que el atribuido a los individuos “nórdicos”. Porque es justo y necesario que Karin, 19 años, viaje de Gotemburgo a Berlín, estudie kunst, salga con muchachos o chicas, tenga un desengaño amoroso con Jeff, proveniente éste de Vermont, USA, 27 años y artista. Pero Samira, a los 19 años, ya será un milagro si todavía está soltera y sin hijos, si puede elegir su educación, si puede viajar sola a una ciudad cercana, si puede salir con sus amigas, y si puede elegir el velo o no. La sociedad sueca multiculturalista ve como normal que Karin elija su vida, pero Samira debe tener en cuenta su origen sus raíces, su cultura, su clan, sus vecinos, su religión y su grupo. Dos jóvenes suecas, de la misma edad. Pero tendrán un radio, un alcance diferente en la vida. El multiculturalismo produce una sociedad racista, donde las jóvenes y los homosexuales pagan el precio que, en el lenguaje de la izquierda y gran parte del establishment sueco, suele denominarse “tolerancia”.

Ciertos pasos en la dirección correcta se dan, especialmente a nivel de gobierno. Y no solo a nivel del gobierno actual, de derecha, de Suecia. Ya el gobierno socialdemócrata que fuera derrotado en las elecciones del 2006 había comenzado a ordenar medidas para controlar el crimen de honor. La ministra liberal Nyamko Sabuni, responsable del área de integración desde 2006-2010, pasó ese año a ser la ministra responsable de la lucha contra la violencia de honor. Renunció a su puesto a principios de 2013. Es un secreto a voces que su renuncia tiene que ver con la frustración que Sabuni sintió durante años tratando de llevar adelante una política que enfrentara al oscurantismo, para encontrarse frenada y obstruida por las mismas autoridades que debían implementar sus propuestas. Una de ellas, la penalización del matrimonio forzado, será tratada el próximo año en el parlamento. Es un paso en la dirección correcta, pero no necesariamente se conseguirá la mayoría necesaria para transformar ésta proposición en ley: ya hay voces desde la socialdemocracia que indican que no votarán a favor.

Volviendo a donde empezamos, la violencia de honor existe y se reproduce en Suecia con el apoyo a veces sutil y a veces brutalmente claro de importantes sectores de la intelectualidad sueca. Curiosamente, la reticencia más clara para tomar medidas concretas que ayuden a dominar este fenómeno que Carin Götblad nombra como ”una de las amenazas más serias a la salud pública sueca” proviene de la izquierda, el movimiento ideológico que supuestamente está del lado de los oprimidos. El concepto del racismo ha pasado un proceso de transmutación casi alquímica, desde ser un concepto universalista y ciego al color de las personas, hasta llegar a los niveles escatológicos de hoy, cuando personas que se consideran de izquierda rechazan la defensa de los Derechos Humanos ubicándola como una parte del imperialismo occidental (blanco). Un profesor (sic) sueco lo ha expresado magistralmente de la siguiente manera:
“…uno debe preguntarse con qué derecho los ‘liberales occidentales educados’ pueden exigir que otras tradiciones culturales embracen el ideal iluminista europeo de autonomía personal, basado en el pensamiento crítico, el racionalismo, el autoanálisis y la objetividad”.

¿Tenemos derecho a ser civilizados? ¿Tenemos derecho a exigir que nuestros vecinos vivan bajo las mismas normas humanistas y civilizadas que nosotros? ¿O es que la civilización y la libertad son solamente para gente de origen europeo de clase media o alta?

En Suecia, increíblemente, ésta pregunta no ha sido respondida aún. Miles de puestos académicos y administrativos son ocupados por personas educadas en el relativismo más aberrante, que en nombre de la tolerancia son capaces de apoyar la intolerancia en sus formas más extremas.

Alguien me dice que en España no se habla de la violencia de honor. Mi contacto con el contenido de la prensa española es esporádico y fragmentario. Pero no recuerdo haber leído artículos sobre el tema. Lamentablemente esto me lleva a pensar que la autoflagelación intelectual, la negación y la mistificación de la realidad, son problemas tanto en España como en Suecia. Si mi sospecha se confirma, no solamente estamos en el mismo barco: nos estamos hundiendo juntos.

Eduardo Grutzky

Eduardo Grutzky
Escritor, activista y experto en violencia de honor sueco. Nacido en Argentina en 1956, fue encarcelado durante siete años por la dictadura militar. Reside en Suecia desde 1984. Grutzky ha participado en cuatro libros sobre la violencia de honor en Suecia. Su último libro, Heder och samvete, 2013, Fri Tanke förlag, fue escrito en colaboración con el escritor y periodista Lars Åberg. Eduardo Grutzky es miembro del directorio nacional del movimiento Humanista sueco, una organización políticamente independiente que trabaja por una sociedad laica y por el respeto de los Derechos Humanos. Su actividad profesional la realiza dentro de la organización ALMAeuropa.

http://www.ungdomsstyrelsen.se/att-bli-gift-mot-sin-vilja
http://www.dn.se/nyheter/sverige/hedersvald-vart-storsta-folkhalsoproblem/
Durante la redacción de éste artículo he sido consultado por una consejera al grupo parlamentario del parido Demócrata Cristiano, que prepara una propuesta de ley que permitiría la creación de una nueva figura legal, el delito de honor, para ser incorporado al Código Penal Sueco. Uno de los motivos que se aducen en la propuesta es la necesidad de identificar y cuantificar la violencia de honor en Suecia.
http://www.sydsvenskan.se/sverige/blev-kar-i-fel-flicka—slogs-ihjal/

Heder och samvete


(http://www.youtube.com/watch?v=UxmBp23W6nc)
http://debatt.svt.se/2013/05/30/att-vagra-ta-en-kvinna-i-hand-ar-alltid-en-jamstalldhetsfraga/
http://www.dn.se/debatt/att-vagra-ta-kvinnor-i-hand-maste-fa-konsekvenser/
http://www.svd.se/opinion/brannpunkt/rattsforakt-i-mangkulturens-namn_4197415.svd
Bo Dahlin, Fristående skolor och segregation, Utbildning och Demokrati, 2007, Vol 16, Sid.38 (Traducción del autor)